Imagenes de la Pandemia
Imagen 1 Enciendo la tele algún día del mes de marzo de 2020.
A través de transmisiones por celular e imágenes captadas desde tierra, sabemos del eterno periplo que han debido recorrer cientos de pasajeros a bordo del Diamond Princes, crucero de lujo que se señala como el primer foco de contagio del temido Coronavirus, fuera del territorio de China. Al igual que esa embarcación, otras tantas navegan en un viaje eterno, sin poder recalar en ningún puerto, pues los cuerpos a bordo constituyen una gran amenaza para la salud de la comunidad que los reciba. El soñado viaje de placer y diversión se transforma en una desesperante pesadilla, y aunque la mayoría de los pasajeros logra desembarcar luego de semanas en el mar, cientos de tripulantes siguen a la deriva, dos meses despues de iniciada la pandemia, desesperados ante la idea del contagio y la muerte.
Imagen 2: Enciendo la tele algún día del mes de septiembre de 2015.
Frente a mis ojos, la pantalla se copa con una imagen horrorosa.
A orilla de playa, un niño pequeño tendido boca abajo hunde su rostro en la arena. No está jugando, claro que no. Está muerto, al igual que otros 12 migrantes sirios que intentaban desembarcar en las costas de Turquía, y que se ahogaron cuando se hundió la embarcación que los transportaba.
Alan Kurdi, se llamaba el niño, tenía 3 años y falleció junto a su madre y su hermano mayor. Huían de la ciudad de Kobane, asediada por el Estado Islámico. Su padre – el único sobreviviente de esta familia – contó que al ser rechazados como refugiados de manera legal, consideraron que esta era la única forma de escapar de la violencia y la barbarie del conflicto armado.
Entiendo que el miedo al otrx se reversiona: cambia de lugar, de color y de forma, pero siempre el sujeto – amenaza, aparece como un cuerpo terrorista, que puede poner en riesgo la vida los otros, nosotros.
Pienso entonces en la retórica instalada para relatar los efectos sociales de la pandemia: estar encerrados y sin contacto con la comunidad nos volverá individualistas, el teletrabajo enajenará las mentes y los cuerpos de lo cotidiano, perderemos la consciencia de ser parte de un colectivo y desaparecerán los lazos que alguna – reciente- vez, nos llevaron a caminar hombro con hombro para llenar las alamedas exigiendo dignidad.
Pienso que gran parte de ese relato es eso, retórica.
Creo que estas imágenes pueden encontrar un mismo origen ¿Podríamos decir que antes de la pandemia éramos colectivo marchante y no masa individuada que camina junto al que, por la razón que sea, considero como un igual? ¿Existió el momento en que ante la singularidad – y no la identidad – pensamos en respetar y acompañar los problemas del otro aun cuando esos problemas me resultaran ajenos o no fueran un símil de los míos? ¿Son las imágenes señaladas parte de una pandemia entronizada en la sociedad que va más allá de un virus?
Para ser sujetos, necesitamos del otro en tanto nos constituye, nos singulariza y diferencia. Necesitamos del otrx para ser como ese otrx y no como aquel, que nos disgusta, que no entendemos, que consideramos incómodamente diferente. Y no es pecado que eso nos suceda. Lo que si es grave es pensar que estamos inaugurando una violencia individualista que además romantiza todo acto anterior. Ser gestores de nosotros mismos es lo que nos ha enseñado el sistema, impuesto y alimentado por una lógica darwinista que en esta pasada está mostrando su peor cara, pero no una nueva, para nada. Rechazamos a los inmigrantes, no queremos a quienes sospechamos como amenaza, formamos ghettos y somos felices enrejando las casas, pagando unos pesos para que nuestros hijos se relacionen con la masa que les corresponde (evitando la amenazante diversidad), dedicamos tiempo infinito en inventar vidas supuestamente transparentes en redes sociales y nos relacionamos más a través de aplicaciones que mirándonos directo a los ojos.
Estábamos viviendo en una pandemia y no nos dimos cuenta. Las condiciones ya instaladas ahora se extreman ante el confinamiento obligado, a la creciente crisis económica, al miedo total al roce de cuerpxs con cuerpxs, a los fluidos que emanan de ellxs. Me pregunto cuales serán hoy los exacerbados miedos que se desatan, a quien negaría acoger solo por salvarme, a quien mataría por evitar la propia muerte.
Creo que una tercera imagen podría salir de esa reflexión. Sin embargo, seria este un registro imposible pues ninguna cámara, por buena que sea, lograría registrar la fractura – insalvable – de nuestro inconsciente.
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